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lunes, 19 de abril de 2010

Dan

Oscuridad, es lo único que veo en este preciso instante, una paz atronadora y necesitada me invade…por fin no duele, por una vez en mucho tiempo no duele mi viejo y maltrecho cuerpo.
Ha sido largo y difícil el camino pero al fin estoy aquí.

Veo una luz, no es cegadora pero sí resplandeciente, me trasmite paz, mucha paz, ahí están ellos, los que jamás creí volver a ver, me adentro en el túnel hasta alcanzar la luz.
Un gran prado verde y luminoso se extiende frente a mí, hay gente haciendo picnic, con sus mantitas a cuadros y sus amigos y animales rodeándoles, es una estampa de película, tanto que creo estar soñando, pero ellos parados junto a mí me demuestran que no es un sueño…estoy aquí.

Han pasado muchos años, más de cuarenta años desde la última vez que los vi a alguno de ellos, pero siguen igual que como estaban en mis recuerdos.
Me guían hasta la vera de un lago transparente y tranquilo, nunca me ha gustado el agua pero por primera vez no me da miedo, por primera vez en mucho tiempo estoy cerca del agua y no tiemblo, al contrario tengo ganas de agacharme y meter la mano… lo hago, veo mi reflejo, ya a penas me reconozco, ya no hay arrugas bajo mis ojos ni entorno a ellos, han desaparecido.
El reflejo que me devuelve el agua es el mío, sí, pero el mío de hace muchos años, me reconozco, pero hacía mucho que no me veía así, mucho.

Siento ladrar tras de mí, han pasado años pero aún reconocería ese ladrido en cualquier parte, me giro lentamente y ahí esta, mi amado Dan, mi primer perro, mirándome amorosamente y con su juguete referido en la boca, junto a él están todos los perros que por mi larga vida he podido tener y cuidar, por desgracia siempre se iban pero algo dentro de mí me decía que no era el final y ahí están todos ellos, esperándome.
Me levanto y corro hasta ellos, con la vitalidad que perdí hace muchos años, me lanzo al suelo y me rodean y me besan como siempre hacían, siguen conmigo.

- Ellos merecían estar aquí, igual que tú- escucho que me dice una voz en mi cabeza, pero no soy yo, - no te asustes, no puedes verme pero yo a ti sí, te portaste bien con ellos, con todos los que te rodearon y mereces estar aquí, este es mi regalo, todos y cada uno de los perros que has cuidado, amado y salvado estarán contigo siempre…ya no habrá mas oscuridad.

Algo me guía de nuevo al lago y ahí veo a mi familia llorando.

- No lloréis soy feliz, no me duele- digo tratando de consolarlos.

- Es inútil, no te oyen y tú bien sabes que es inevitable, se llora siempre- me dice la voz- disfruta ahora, te queda la eternidad para verlos, cuidarlos y esperarlos.

Y sin más, me giro, agarro el juguete de Dan y lo lanzo, todos mis perros corren hacia él mientras, yo río, por fin vuelvo a estar con él, sabía que no acabaría aquel fatídico 17 de abril de 2010.


Por ti mi gordo, disfruta y se feliz donde quiera que estés, algún día cruzaremos el arco iris juntos, volveré contigo.

Pilar Bermúdez Gil

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lunes, 5 de abril de 2010

Un Ángel ha llegado


Por fin, después de tanto esperar, el gran momento llegó.

Ahí esta nuestra amiga Jeli sufriendo los inconfundibles dolores del parto, pero qué feliz será en unas horas... unas largas y costosas horas.

El parto se complica un poco pues la epidural le baja la tensión hasta tal punto que se desmaya y tienen que retirársela, las pocas esperanzas de nuestra amiga de no sufrir del todo, se evaporan.
Después de muchas horas de sufrimiento, dolor y a la vez esperanza por ver a su pequeño, el momento ha llegado.
Va a quirófano.
Empuja, le repiten con premura todos los que a su alrededor esperan ver al pequeño.

Del otro lado su marido Ángel, ansioso y asustado espera el gran momento.

Nuestro tesoro nace después de doce horas y una enfermera lo retira para limpiarlo mientras una cansada Jeli trata de recuperarse y un sonriente Ángel espera el momento de ver a su pequeño.
La misma enfermera se acerca con el gran tesoro en los brazos y entre lágrimas y sonrisas Jeli coge por fin a su bebé en los brazos.
Después de nueve largos meses y un parto con alguna complicación, por fin tiene a su tesoro entre los brazos.
La sonrisa de los padres hace que médicos y enfermeras sientan satisfacción una vez más.
Una vida nueva ha llegado a este mundo.

Pilar Bermúdez Gil

Palabras: Sonrisa

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lunes, 29 de marzo de 2010

Cada día más gilipollas

Otra reunión familiar, otro coñazo. Arturo seguía acudiendo a esas estúpidas cenas con su familia porque a su madre le hacía mucha ilusión verle, y a él le gustaba que se sintiera feliz. En mitad de la cena, como era habitual, su padre se puso a tocar los cojones. Siempre comparaba a Arturo con su hermano Luis, y siempre ponía gran empeño en ridiculizar y humillar a Arturo.

Luis era fabricante de maquinaria industrial y su empresa obtenía grandes beneficios, en cambio Arturo, no cumplió los deseos de su padre, y en lugar de estudiar una ingeniería como su hermano, se dedicó a las artes escénicas ganándose la vida actuando como payaso. Arturo no ganaba millones como su hermano, pero su trabajo le hacía feliz.

Mientras que su padre seguía rebuznado estupideces, Arturo le interrumpió alzando la voz de forma enérgica a la vez que tranquila.
-Uno de tus hijos fabrica máquinas y te sientes orgulloso de él- dijo Arturo- ¿Por qué no te sientes orgulloso de mí que fabrico sonrisas?
-Puede que tu padre no esté orgulloso de ti, pero yo sí lo estoy -Respondió su madre con una sonrisa dibujada en la cara- La risa es un tesoro que sólo las personas inteligentes saben apreciar, y tu padre cada día es más gilipollas.


Palabras: Sonrisa

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miércoles, 24 de marzo de 2010

Ella sonreía

Y ahora, en la oscuridad de mi habitación, pienso. Pienso en ella. Cierro muy fuerte los ojos y me imagino que la tengo delante, que puedo tocarla, incluso besarla. Su recuerdo va perdiendo nitidez con cada noche que pasa, pues ya son muchos los meses sin poder disfrutar de su presencia. Y lloro por no poder hablarle, lloro por todo lo que no hice, lloro porque alguien me ha robado mi máquina del tiempo, que tanto necesitaba. Y sufro porque siento que la pierdo por segunda vez, esta vez en mi memoria; sufro porque no pude alcanzar lo que tanto anhelé, sufro porque las lágrimas tienen un principio pero no un fin, porque esta opresión en mi pecho amenaza con hacerse más fuerte.

Pienso en ella, pienso en su sonrisa. Era una sonrisa alegre, nunca forzada, a veces tímida o nerviosa. Me gustaba verla sonreír, mientras dibujaba mentalmente el contorno de aquellos labios que me hacían soñar. A veces me daba la sensación de que me sonreía a mí, pero más tarde comprobé que sólo miraba cómo las nubes se iban de viaje hacia el país de los sueños. Sí, solíamos irnos al país de los sueños. Me cogía de la mano para que no me cayese, e íbamos saltando de nube en nube, como si el cielo fuese un mar eterno. Era eterno porque nunca se acababa.

Ahora ya no paseamos juntas, ha soltado mi mano. Ahora mi alma vaga por los cielos, sola, sola. Ya no hay sonrisa, ni labios, ni nubes; ella se los ha llevado. Tampoco hay ilusión ni esperanza; el cielo se las ha quedado. Ahora vivo envuelta en niebla, ni siquiera puedo ver brillar las estrellas; ella las apaga para que no puedan concederme deseos. Por eso me gusta tanto la oscuridad de esta habitación... donde no hay luz no se ve la niebla. Yo también, como Neruda, pienso que puedo escribir los versos más tristes esta noche.


Palabras: Sonrisa

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domingo, 21 de marzo de 2010

Un papel en blanco

El maravilloso papel en blanco que descansa sobre la mesa mira a Anna como con burla, ella trata inútilmente de llenarlo con un artículo, con palabras…con algo, no lo consigue, no puede dejar de pensar en él.

Anna es reportera del periódico del instituto y su tarea para esta publicación es un reportaje sobre la horrible comida de la cafetería, nada trascendental, pero alguien ha de escribirlo, pero hoy nada sale de ella, de su bolígrafo, no puede para de pensar en Eric.

El chico mas solitario del instituto, es un chico atractivo y atlético, aún no entiende por qué no tiene pareja, siempre está callado, siempre atento en clase, y nunca muestra interés por nada que no sean lo estudios. Las chicas guapas, las populares, ya han tratado de acercarse a él, pero ninguna ha conseguido nada, Eric no quiere nada con ellas y eso le intriga a nuestra amiga.

Con un valor desconocido abandona su hoja de papel en blanco y camina hacia la biblioteca, sabe que él estará allí. Antes de entrar respira hondo varias veces, abre la puerta, se dirige hasta la mesa donde esta Eric y se sienta frente a él, este levanta la vista de su libro y la mira.

- ¿Por qué?- pregunta Anna después de unos largos minutos de analizar mútuamente sus miradas.
-¿Por qué, qué?- pregunta él en susurros.
-¿Por qué prefieres la soledad a estar con una de esas chicas guapas?

Eric suspira resignado y vuelve la vista a sus tareas.

Después de lo que parece una eternidad Anna se levanta de la silla para irse, sus dudas quedan sin resolver una vez más.

-Creí que eras mas lista- susurra Eric a su espalda sin levantar la vista de lo que está mirando.
-¿Lista?, ¿acaso te parezco tonta?- le pregunta Anna girándose para encararlo.

Lleva toda la vida tratando de demostrar que es inteligente, que no es la típica rubia tonta, porque así es Anna aunque no quiera admitirlo, es la típica rubia despampanante, tan linda que todos se giran a admirarla, pero ella es lista, es muy inteligente y jamás ha dejado a su belleza ganar la partida, su cerebro es el poderoso.

-No, jamás…creo que eres la persona más inteligente del instituto, por eso me sorprende tu pregunta.
-Quieres dejar de mirar ese libro y mírame a la cara cuando me hablas- dice Anna muy enfadada.

Eric la mira…

La respiración de ambos se suspende por unos segundos, quedan atrapados.
Eric se levanta despacio sin dejar de mirar a Anna, rodea la mesa, se acerca a ella, acaricia su mejilla.

-No prefiero la soledad, sólo estaba esperando a que tú te dieras cuenta, tú eres a quién esperaba- le susurra cerca de sus labios y después la besa.

Pilar Bermúdez Gil (aurorabg)

Palabra: Soledad

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viernes, 19 de marzo de 2010

¿Compartimos la soledad?

Terminó un día cualquiera para Aris y se fue a dormir, aunque como casi cada noche, tuvo que empezar a pelear contra el insomnio y sus pensamientos reflexivos indeseados que se lo provocaban. Últimamente Aris pensaba mucho en la soledad, que paradójicamente es algo que acompaña a todos. No estamos solos. Algunas veces notas más su presencia, otras menos, pero siempre está ahí. A veces la necesitas y puede venirte bien su silenciosa compañía, otras se hace demasiado pesada y te agobia. Pero Aris creía que era la amiga más leal que tenía, la que iba a estar toda la vida con ella a pesar de haber otras personas en su vida que irán y vendrán. Llegó a pensar que la vida en pareja no era cosa de dos, ni de tres, sino de cuatro: ella, su soledad, su pareja y la suya. Convivir con una pareja no era fácil, lo sabía por la anterior que había tenido. Pero ahora se daba cuenta de que no habían tenido en cuenta que había otras dos cosas que les acompañaba y que, seguramente, el no respetarlas, ignorarlas o pasar de ellas había sido precisamente lo que no había funcionado en la convivencia de los cuatro. Porque todos se necesitaban en su justa medida y primero de todo había que comprenderlo. Entonces, Aris lo tuvo claro. La próxima vez que quisiera estar con alguien no le haría la típica pregunta de ¿te gustaría salir conmigo? sino que directamente le preguntaría ¿compartimos la soledad? En el caso de que esa persona aceptara y lo entendiera sin explicaciones, sabría que sería la ideal y seguro que todo funcionaría mucho mejor que con su anterior relación. Por el momento se lo preguntó a la almohada y después de su silencio como respuesta, comprobó que esa era la pregunta de la victoria, ya que cayó en un profundo sueño.

Palabra: Soledad

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lunes, 8 de marzo de 2010

El paraguas rojo


Asesinamos a Krys cuando dormía. Fuimos los cinco de siempre, los mismos que nos criamos en las callejuelas del barrio y reíamos los domingos a la hora de la siesta cuando el titiritero llegaba con sus viejos títeres a hacernos reír. Después del asesinato sentí vergüenza de mí mismo y un frío gélido me recorrió las sienes. Había matado a Krys, en un día lluvioso, mientras ella misma intentaba por sus propios medios de alejarse de este mundo. ¿Quién era yo, o quiénes éramos nosotros, para semejante barbarie? Antes suponía que éramos amigos. Krys, ellos, yo, pero no tengo amigos asesinos, ni tampoco una amiga asesinada, por eso pienso que todo lo que anoche aconteció fue solo una pesadilla, de esas que de tan vívidas tú pareces encarnar a la perfección uno de sus personajes más oscuros.

El teléfono sonó a media mañana cuando aún dormía empapado en sudor. Buscando al tanteo di con el aparato y escuché la fría voz de la mujer del hospital. Perdone señor, la señorita Krys acaba de fallecer, siento mucho despertarlo con esta triste noticia. Entonces colgué. Mantenía mi cara apoyada en la almohada, y la habitación olía a lavanda, tal como solía gustarle a Krys cada vez que venía a visitarme y quedarse a dormir. Tuve recuerdos de un asesinato, el de cinco amigos ingresando a una sala de terapia intensiva de un hospital y desconectar la máquina que hacía posible el milagro de mantener la vida. Y de repente todo a mí alrededor parecía un pozo oscuro, con sus paredes húmedas, donde la vida no asomaba y dejaba todo el lugar accesible para que la nada se apoderara de él. Tal vez Krys estaba en aquel pozo, tal vez ella podía acercarse a mí con su manera tan peculiar de hacerme sentir único, y apoyados en las paredes frías haríamos el amor como solíamos hacerlo sin que nadie lo supiera, sin que nadie pensara que ella y yo solo éramos otra cosa más que amigos, esos amigos de toda la vida, los amigos de los domingos de títeres, los amigos de los hombros siempre disponibles.

Al llegar al hospital la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Los rostros de los otros cuatro asesinos se veían blancuzcos y deprimidos, tal como los recordaba del sueño. La culpa, lo innombrable, lo imposible, todo eso seguramente volvía sus caras con esa tonalidad de pecado. Lo sentimos mucho, me dijeron. Uno por uno pasó a abrazarme mientras yo observaba a Krys detrás del vidrio dormir ese sueño tranquilo y eterno que tanto buscaba y del que tanto me hablaba por las noches. Yo sabía que algún día la asesinaría y que la muerte no se enojaría conmigo, al contrario, me entendería y tendría piedad de mi amiga. Finalmente pasó, Krys ahora dormía y ya no sufría. Venció a la enfermedad. Destruyó el dolor.

Los cuatros asesinos se fueron de a uno, y yo, el quinto, me quedé a solas en la sala de espera. Detrás de mí una ventana comunicaba con el mundo, ese mundo que habitábamos a diario y que ignoraba cómo hay almas que se esfuman por las noches. Llovía torrencialmente, tanto que era casi imperceptible ver más allá de la distancia de un brazo. Me apegué al vidrio y contemplé el diluvio. Entonces amainó, y en frente una mujer, con un paraguas rojo, se mantenía parada, inmóvil, bajo la lluvia. El color de la sangre, pensé. La observé por unos instantes y diría que a simple vista parecía Krys, pero eso era imposible, ella aún dormía sobre la camilla helada. La mujer cruza la calle y se para en medio de ésta, cierra el paraguas y lo tira al suelo. Finalmente vuelve sobre sus pasos y se pierde detrás del aguacero incesante que una vez más se desata. Corro a la calle, observo el paraguas, lo tomo, me huele a Krys, entonces lloro.

Descuelgo el teléfono después de escucharlo sonar un par de veces. Abro los ojos al mundo y escucho la voz de la enfermera del hospital. Señor, su amiga acaba de fallecer. Me visto rápidamente con lo que encuentro, abro el placar para tomar el abrigo y tras hacerlo caen trastos, entre ellos, un paraguas rojo.


Palabra: Paraguas

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domingo, 7 de marzo de 2010

El caballero de brillante armadura

-¡Oh!, maldito paraguas, otra vez eres mi compañero de viaje. ¿Por qué llueve tanto?...Odio la lluvia- clama Julia mientras camina con su viejo paraguas sobre la cabeza en la parada del autobús que la llevará a su trabajo.

Otro día más llueve sobre Sevilla.
Hacía años que no llovía tanto, los campos y ríos ya no pueden soportar tanta agua. Hay millones de familias que lo han perdido todo…pero eso, no nos ocupa este relato, ahora hablamos de Julia.
Una pobre mujer que a sus casi treinta y tres años no tiene dinero para poder comprar un coche y evitar llegar al trabajo totalmente empapada.
De su hombro cuelga una mochila donde ha puesto unos calcetines limpios y su uniforme de cocinera.
Julia vive frustrada y enfadada consigo misma, quería muchas cosas, quería cambiar el mundo y ahí esta en una cocina de un bar poniendo montaditos todos los días, salvo el martes que es cuando descansa, ese día lo dedica a las tareas de su pequeño apartamento, este trabajo no le da más que para vivir, vivir sola…como con todo en la vida, viaja sola, camina sola…siempre sola.
¿Por qué?
Nadie lo sabe, ella tampoco, no es atractiva, pero tampoco es fea, es una mujer del montón, a la que le encanta la lectura, lee sin parar…
¿Será por eso?

Una corriente de aire destroza su paraguas, Julia grita enfadada, lo tira contra el suelo y patea un charco mientras se moja…después de su rabieta, recupera la compostura y se agacha a recoger los restos de su viejo compañero.
Una sombra cubre su cuerpo y deja de mojarse, se gira estrepitosamente, tropezando como era de esperar, Julia cae en los brazos de un hombre alto, fuerte y vestido con un traje de chaqueta.
-Di...discúlpeme, gracias por cubrirme- contesta torpemente- mi paraguas ha decidido que ya no me va a cubrir mas- sonríe y se aparta de él.
-Mejor, así, ahora seré yo quien te cubra- dice el amable desconocido con la voz mas profunda y sensual que Julia a escuchado nunca.
Los dos se miran largo rato sin pronunciar palabra.

Una sombra detrás de él, hace a Julia desviar su mirada.
-¡Mierda!, Mi autobús- dice Julia apenas en un susurro, descompuesta, va a llegar tarde al trabajo.
-Mejor así yo puedo llevarte- dice el desconocido girándose y señalando un coche plateado que esta mal estacionado en la calle- venga sube y dime dónde te llevo.
-¿Has parado para cubrirme con el paraguas?- pregunta Julia extrañada y emocionada apartes iguales, es la primera vez que alguien es amable con ella.
-Sí, te he visto pelear con el tuyo y algo me ha dicho que necesitabas un caballero con brillante armadura… vamos, hace frío, por cierto mi nombre es Roberto, pero todos me llaman Robert.
Los dos se dirigen al coche juntos mientras no pueden dejar de mirarse el uno al otro.

Pilar Bermúdez Gil (aurorabg)

Palabra: Paraguas

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La hora de dormir


-¿Quién eres?- me pregunta por cuarta vez en una hora.
Simplemente la miro y espero a que su mente viaje a dios sabe dónde una vez más.

¿Cómo ha llegado a esto? ¿Por qué ella?
Era una persona sencilla, humilde, trabajadora y sobre todo devota para con sus hijos y ahora… Ahí esta parada delante de la televisión una vez más, sin ni siquiera recordar nada, ni a mí, a su hija pequeña, a su ojito derecho como solía decirme a escondidas de mis hermanos…
Esta horrible enfermedad se la ha llevado de mi lado.
Limpio rápidamente la lágrima que corre por mi mejilla, ya apenas lloro, ya no me quedan lágrimas que derramar, y lo que es peor, la alteraba verme llorar, para ella, ahora, solo soy una extraña, una desconocida que se sienta a su vera para ver la televisión, si me ve llorar se desmorona, trata de consolarme y se da cuenta que sus piernas no la obedecen, entonces grita, llora, se golpea…
Esta enfermedad la está matando…nos está matando a todos poco a poco.

De vez en cuando evoca algunos recuerdos, la enfermedad se hace más fuerte entonces.
Ella nos mira y llora sin consuelo, cuando puede volver a articular palabra llega la peor parte…suplica que la matemos.
¿Cómo vamos a hacer eso?
Es nuestra madre…pero está sufriendo, en esos escasos momentos ella sabe que se muere, o peor aún, que nos olvida, a nosotras, a sus adorados hijos y eso la mata aún más que la enfermedad.

El reloj de pared que tanto le gustaba comienza a marcar la hora de dormir, son las nueve, como cada noche apago la televisión y llevo su silla de ruedas hasta su dormitorio, como puedo la recuesto en la cama, la desvisto, la cambio el pañal…otro de los regalos de esta enfermedad, le pongo su pijama y la acuesto, como si fuera un bebé, la cuido como el bebé que nunca he tenido, a mi madre… otra lágrima.
-No llores, hija mía- me dice tocando mi mejilla.
-Mamá, ¿qué hago? ¿Qué hago?...- le suplico una respuesta entre mis lágrimas.
-Hija, hazlo, nadie te juzgará, yo no te juzgaré… vive tu vida.
Me derrumbo, caigo sobre mis rodillas y lloro, lloro como hacía mucho no me permitía hacer, mientras ella, tan dulce como siempre, me consuela acariciando mi descuidado cabello.
Después de lo que me parece una eternidad me pongo de pie, cojo una jeringa de las que uso para ponerle los tranquilizantes cuando se golpea y la lleno de aire…

-Te quiero, no lo olvides nunca, por favor. Hazlo- me suplica.
-Yo también te quiero mamá.

Pilar Bermúdez Gil (aurorabg)

Palabra: Recuerdos

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sábado, 6 de marzo de 2010

Agonía

Una fuerte angustia invadía todo su ser. Llevaba mucho tiempo padeciendo aquella terrible enfermedad, y sabía que su fin estaba cerca. Era imposible describir todo el sufrimiento y toda la impotencia que estaba experimentando. Además de dolor, sentía mucha rabia por haber perdido el control sobre su vida. Deseaba morir para acabar con su tormento.

En medio de su agonía, su mente se llenó de recuerdos. Había tenido una buena vida, humilde eso sí, pero buena. Era cierto que había pasado por muchas dificultades, pero también por muchas alegrías. En su mente quedaron registrados grandes momentos en los que él había sido el protagonista. El recuerdo del pasado le hizo sentirse bien, y antes de caer en brazos de la muerte, tuvo un único pensamiento: el cáncer es un pequeño precio por tanta felicidad.


Palabra: Recuerdos

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jueves, 4 de marzo de 2010

Hasta que tu muerte nos separe

Se presentaron tres finales alternativos para el inicio que se publicó el mes pasado para el minirelato 3. Ya se ha realizado la votación y han quedado los tres finales empatados, así que los publicamos todos.

Inicio:

Mis mejillas ardían, mis labios sangraban, mis ojos se abrían poco a poco cegados por la luz de nuestro dormitorio. Y te vi ahí, sonriente, con cara de triunfador. Entonces me eché a llorar, prometiéndome a mi misma que no lo consentiría una vez más, que ya todo había acabado, que tus repugnantes manos no volverían a rozar mi piel. Porque habías destrozado nuestros quince años de matrimonio a puñetazos y ya nadie quería reconstruírlos. Te odiaba, por no haberme dado la vida y el amor que habías prometido, porque ya ni siquiera te importaban los niños. Sólo tú y tus cervezas parecíais ser felices. Con voz entrecortada te grité que te fueras, que no volverías a hacernos daño, pero en el fondo yo sabía que te acabaría perdonando, como siempre; eras como una droga a la que me había vuelto adicta. Saliste de casa con un portazo, y yo salí corriendo detrás haciendo caso omiso al dolor de todo mi cuerpo magullado...

Silvia Fernández

Final alternativo 1:

...Corrí escaleras abajo, te encontré en el portal, te pedí perdón una y mil veces. Simplemente te diste la vuelta, me llamaste puta y saliste a la calle. Como pude subí las escaleras y regresé a nuestro hogar, en el salón los niños fingían ver la televisión mientras me veían pasar hacia nuestro dormitorio. Me rendí en la cama, lloré como tantas veces… No sé cuánto tiempo pasó, tampoco lo quiero saber, sólo sé que un chirrido de la puerta hizo que girara la cabeza. Allí estaba nuestro pequeño Rubén con tan sólo cinco años, mirándome con cara de asustado y me preguntó.
-¿Por qué mama?-.
No le contesté, volví a girar la cara a la almohada, él se acercó y me dijo.
-¿Por qué mama? ¿Por qué dejas que él te pegué?-.
Me giré y lo miré, en la puerta estaba nuestra María con sus doce años de edad mirándome, sus dulces ojos azules tenían pena y miedo a partes iguales y entonces lo supe… Se acabó, no volverás a tocarme. Nuestro hijo se dirige a ti como “él” y no como papá, los niños te tienen miedo, no puedo dejar que sigas estropeando sus vidas, la mía no me importa ya la has estropeado demasiado, pero no la de ellos, te escribo para que sepas por qué no estamos en casa, no me busques, jamás me encontrarás, jamás volverás a ver a nuestros hijos, yo me encargaré de ello. Adiós amor mío, pensé que algún día cambiarías, que me querrías suficiente para no golpearme más, pero nuestros hijos se han encargado de abrirme los ojos.

Pilar Bermúdez Gil (aurorabg)

Final alternativo 2:

...Madrid estaba en llamas a pesar del invierno, por primera vez habías hecho mi sueño realidad, te estabas yendo, y también, por primera vez estaba corriendo a buscarte.
Mi pulso comenzó a acelerarse y ni siquiera me importaba haber dejado solos a los niños. Vos te escabullías entre hombres y taxis apurados, mis piernas temblaban pero me empeñaba en alcanzar tu sombra.
n semáforo en verde me dio tregua y estabas ahí, junto al paso de cebra con tus pies temblequeando, haciéndole jugar el baile de los adioses presentidos. Un último grito pronunciando tu nombre te hizo girar la cabeza, me miraste con el gesto que tienen los malvados en las películas de cine negro, con la certeza de que tu poder tomaba forma en mi voz.
-Te olvidas de devolverme las llaves- dije aún con algo de miedo mirando al suelo.


Final alternativo 3:

...No pude avanzar mucho más, ya que al bajar las escaleras mi cuerpo se desequilibró y caí rodando por las que me quedaban aún por bajar hasta el entresuelo. El ruido alarmó a los vecinos que acudieron en mi ayuda, tú ya estarías llegando al bar donde siempre te emborrachabas. Mi estado era bastante grave aunque por suerte habían llamado a una ambulancia que tardó pocos minutos en llegar. Los niños se quedaron en casa de las vecinas y a mí me trasladaron rápidamente al hospital. Ahora tú estás en la cárcel y yo viviendo con un hombre maravilloso que nos quiere, que cuida de mí y de mis hijos, cosa que tú nunca supiste hacer. Ojala lo hubiera conocido a él antes que a ti, aunque lo conociera en el hospital donde me llevaron después del incidente. De todas formas yo no te debo nada, tú me debes todos esos años de vida y a nuestros hijos también. Inevitablemente, las lágrimas mojaron el papel donde escribía. Púdrete en el más jodido infierno. Escribiré esta frase y todas las anteriores las veces que haga falta hasta que eso suceda. Ya habían pasado cuatro años y Pilar todavía tenía pesadillas de vez en cuando. Su psicóloga le había recomendado escribir las peores situaciones vividas por su culpa o las mismas pesadillas que tenía. Luego debía quemar los escritos y observar cómo lo hacían lentamente hasta desaparecer, todas las veces que hicieran falta hasta que no lo necesitara hacer más. Como si observara cada vez ese infierno donde deseaba que él se pudriera. Sólo así podría descansar y vivir en paz.



¿Qué final os ha gustado más?

Elije los finales alternativos que mas te hayan gustado...
El de Pilar
El de Marinaf
El de Krys
Ninguno
El mio (escribe el tuyo en un comentario)
pollcode.com free polls


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miércoles, 3 de marzo de 2010

Miércoles mojado

Amaneció un día soleado. Alberto se levantó de la cama con sueño, como cada mañana. Realizó su rutina de cada día antes de dirigirse al instituto, cogió la mochila y se dispuso a caminar los treinta minutos que tenía hasta allí. Hacía mucho viento, enseguida el cielo se volvió gris y empezó a caer un diluvio. No había cogido el paraguas por el buen tiempo que parecía que haría ese día. Llegó al instituto calado hasta los huesos.

Amaneció un día nublado, amenazaba lluvia. Esta vez Alberto cogió el paraguas. A medio camino del instituto empezó a llover. Hacía demasiado viento, tanto que le dio la vuelta a su paraguas del mercadillo y lo terminó rompiendo. De nuevo, Alberto llegó al instituto como si se hubiera dado una ducha por el camino.

Amaneció un día gris, llevaba toda la noche lloviendo y parecía que no iba a cesar en todo el día. Alberto no dudó en coger el paraguas que heredó de su abuelo, que a pesar de ser antiguo y feo, era el más fuerte y resistente que tenían en casa. Pensó, a la tercera va la vencida, esta vez ni el viento podrá con él. Se dirigía hacia el instituto y se paró delante de un paso de cebra con el semáforo en rojo para los peatones. No tuvo la suficiente picardía de no detenerse tan cerca de la carretera, pues estaba llena de charcos profundos, pero cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Una furgoneta pasó demasiado cerca de la acera a toda velocidad por encima de un charco, que bañó de arriba a abajo a nuestro protagonista. Alberto maldijo en voz alta todo lo que pudo, a la lluvia, a los charcos, a su paraguas, al semáforo, al chico que conducía la furgoneta… y a su poder. No llegaba a entenderlo del todo ¿de qué le servía si no se podía cambiar el pasado ni el futuro? Se rindió y siguió caminando frustrado hacia el instituto, donde tuvo que aguantar más de una burla de sus compañeros de clase.


Palabra: Paraguas

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martes, 2 de marzo de 2010

El paraguas


Tumbada en la cama, una habitación fría y lúgubre, paredes blancas sin decorar, un goteo caía hacia su brazo, sentía su cuerpo sin movimiento, ¿cuántos días habían pasado desde el accidente? Silvia escuchaba el ruido de las máquinas y de las enfermeras pasar por delante de su puerta, en ocasiones alguna se paraba y entraba, ella lo escuchaba como un susurro lejano.

Un golpe brusco hizo que su corazón se acelerara, ¿qué era ese ruido?, se concentró y a través de sus pupilas fijas en el techo vio un haz de luz iluminarlo, un goteo que empezó a resonar en los cristales. Empezó a notar cómo se movían los dedos de los pies. ¿Qué estaba pasando? Sus piernas cobraban movimiento y de un salto salió de la cama. Desconectando su cuerpo de la máquina, abrió la ventana, y sacó su rostro dejando que las gotas de lluvia la hicieran sentirse viva de nuevo, recogió un paraguas que había en la mesita, alguna visita debía habérselo dejado, y saltó desde el marco de la ventana. Escuchó una voz a lo lejos que la llamaba pero no se giró, no pensaba volver a esa fría habitación, volvía a sentirse viva, su pelo se enredaba en el viento y sus rizos dibujaban extrañas figuras chocando contra su cara. Sacó una mano fuera del paraguas y sintió cómo se mojaba, sintió la humedad en la planta de sus pies, la tierra fría y mojada y comprendió que no se había calzado; empezó a correr y a danzar, un baile de libertad y alegría, mientras sus piernas se iban embarrando y se iban mojando. Decidió deshacerse del paraguas echándolo al viento y viendo como este se alejaba, haciéndose cada vez más y más pequeño y perdiéndose entre la cortina de lluvia...

Extasiada de placer y felicidad se lanzó a la tierra mojada, y abriendo los brazos notó la lluvia sobre su cuerpo, el frío de la noche le estaba calando, escuchó voces lejanas que la llamaban, pero ella estaba bien, no quería volver al hospital, y divisó una luz en la oscuridad, una luz cálida que hizo que el frío de la lluvia desapareciera, una luz que la fue envolviendo y llenando de calor.

Un revuelo de personas entró en la habitación, las máquinas estaban emitiendo un pitido continuo un pitido que significaba que la vida de Silvia había acabado, la llamaron e intentaron reanimarla... pero su cuerpo estaba inerte y frío, en la mesita alguien había dejado un paraguas, y una enfermera sin darse cuenta lo tiró y pudo ver cómo los labios de Silvia formaban una sonrisa.


Palabra: Paraguas

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domingo, 28 de febrero de 2010

Raíces Nuevas

Cuando mi mujer volvió de trabajar dejé de sentirme solo. A veces la soledad del departamento me asfixia. Es como la horrible sensación de tener una bolsa de nylon en mi cabeza y ajustada a mi cuello. Nos sonreímos ambos y nos dimos un beso a secas. Ella tomó una silla y se sentó alrededor de la mesa apoyando los codos sobre la superficie y las manos en sus mejillas. Noté que algo andaba mal. Tal vez era cansancio. Le conté que al volver de mi trabajo por debajo de la puerta había un telegrama el cual señalaba que su madrastra había muerto.
Ella suspiró y dijo:

- ¡Ufff! ¿Murió? –Luego añadió: Bueno, pobre, supongo que así lo quería el destino, ¿no?

Y lentamente, sin cambiar su postura, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que caían lentamente por las mejillas hasta estrellarse en la mesa. Me causó una profunda tristeza verla así pero algo me sujetaba a la silla y me impedía salir despedido a abrazarla y contenerla.
Entonces dijo:

- ¿Sabes?, creo que cada uno de nosotros tiene un destino escrito en algún sitio y que la vida se encarga desde niños de marcárnoslo; pero no lo sabemos ver, puede que lo tengamos frente a nuestros ojos y que lo ignoremos, o pensemos que solo se trata de pensamientos superfluos o divagues de nuestro subconsciente.
- Tal vez –respondí- Creo también en el destino. En mi veintena llegué a sostener que podíamos escribir el destino de nuestras vidas a nuestro antojo, pero poco a poco, a medida que fui creciendo y pasando aquellos años alocados, me di cuenta que no era tan así, que si creía en un orden cósmico debía existir también un orden para caminar por nuestras vidas.

Mi mujer rompió a llorar amargamente. Me pude librar de la atadura invisible que me contenía a la silla y corrí a contenerla. Me abrazó fuerte, muy fuerte, mientras notaba que con los dedos de sus manos parecía estar buscando algo en mi espalda. En aquel instante pensé en que hacía mucho tiempo no veía a alguien llorar tan amargamente. Eso me deprimió, me causó mucha amargura y más sintiendo que esa sensación emanaba de la mujer que yo mismo amaba más que a nadie en el mundo.

De a poco fue cesando su llanto y fue dando paso a pequeños espasmos y contracciones causadas por el mismo. Yo tan sólo acariciaba su pelo y lo besaba con diminutos besos de vez en cuando. Mientras estuve así mi mirada se quedó roma y recordé el momento en que mi abuelo me habló sobre el destino. Yo no pasaba los ocho años de edad y había descubierto, por curiosidad de niño, un libro guardado en uno de los cajones de su casa. El libro hablaba de un niño que vivía en un asteroide y que había caído a nuestro planeta en medio del desierto. Mi abuelo me hablaba maravillas de aquel libro y decía que la vida siempre nos sorprendía con cosas insospechadas, que el destino era inevitable y que las sorpresas de toparnos con gente maravillosa podía estar sobre un asteroide o sobre la misma Tierra. Hice de aquel libro uno de mis preferidos, aún de adulto.

Cuando mi mujer dejó de llorar abrimos una copa de vino y brindamos por el alma de su madrastra. Bebió lentamente un sorbo de Malbec y me dio un diminuto beso en los labios. Aún con sus ojos rojos por el llanto y sus facciones abatidas noté que a pesar del dolor el amor emana de un ser humano como raíces nuevas en plena primavera.

Miguel Aguilera (Literato)

Palabra: Destino

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viernes, 26 de febrero de 2010

En una estación

Por fin nos íbamos a ver.
Después de hablar mil veces por teléfono, de escribirnos montones de cartas en estos últimos tres meses, por fin iba a ver tu cara.
Nunca me mandaste una foto, yo a ti tampoco, era demasiado tímida para eso, jamás creí ser guapa o que te gustara, creí en los prejuicios de la gente y te prejuzgué antes de conocerte.
No te creía cuando decías que me querías, que te habías enamorado de mí, me habían hecho demasiado daño para pensar que sin conocerme me podrías llegar a amar, pero sí me conocías, conocías la parte de mí que nadie había intentado o había querido conocer, me conocía a mí.

Llegué a la estación de tren con mil dudas y mil preguntas, pero las que más me preocupaban eran las obvias.
¿Cómo nos íbamos a conocer? ¿Cómo iba a saber quién eras entre tanta gente?

Pasó un tren, después otro… bajaba mucha gente de ellos, era hora de la vuelta a casa para mucha gente, las tres de la tarde de un cinco de diciembre, mucha gente, era víspera de puente.
Estaba tan inquieta que no podía sentarme a esperar, miraba a todo el mundo pero no veía a nadie.
Llegó un tercer tren y algo en mi pecho me dijo que tu ibas en él…jamás te lo dije pero yo también estaba enamorada de ti, tenía miedo de decírtelo, tenía miedo de que me hicieras daño.

La gente comenzó a aparecer delante de mí, entre el bullicio unos ojos marrones se clavaron en los míos y lo supe…
Eras tú.
En el momento que te vi, lo vi tan claro como te veía a ti en esa estación repleta, entre tantas personas sin cara sólo te vi a ti, en aquel instante cuando nuestras miradas se cruzaron supe que eras tú.
Tú eras mi destino.

Pilar Bermúdez Gil

Palabra: Destino

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domingo, 21 de febrero de 2010

La magia del agua


El niño estaba fascinado por aquel milagro de la naturaleza. El sonido del agua al caer del cielo le hacía sentirse calmado y feliz, por eso lo escuchaba todo el tiempo que podía.

Aquel espectáculo iba más allá de la música. Miles de gotas realizaban una coreografía perfecta para todo aquel que quisiera observarla. Había gotas que tras descolgarse de las nubes descendían directamente hasta el suelo creando charcos y barrizales, también las había que se detenían para acariciar las hojas de los árboles antes de llegar al suelo y llenarlo de vida, y las había que preferían unirse a sus compañeras para caminar formando ríos y arroyos.

Mientras disfrutaba de la belleza de la lluvia, el niño escuchó cómo su padre llegaba a casa y ponía la tele a todo volumen.

Pobrecillo -pensó el niño-. Ojala papá pudiera sentir las cosas como yo.


Palabra: Lluvia

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sábado, 20 de febrero de 2010

Cuento de una vida

<< ¿Sabes por qué llueve? >>

Aquella pregunta da vueltas en mi cabeza... el eco de su voz, su olor, su calor. Todo flota a mi alrededor como si aquello fuera un sueño lejano. Sin poder evitarlo me entrego al llanto una vez más. Me consume la pena, el dolor crece con cada mes que pasa y lejos de olvidarlo, con el tiempo solo crecen mis heridas. Todo el tiempo que perdí, que perdimos.

Es inevitable…era solo una niña cuando él me dejó, pensé que con el tiempo el dolor se ahogaría entre recuerdos, pero, sólo se hace más fuerte. Recuerdo aquella tarde…

Llovía fuerte, las gruesas gotas de agua golpeaban las ventanas, se había ido la luz, en la ciudad había explotado un transformador. Estábamos solos en casa…estaba cuidándome, jugábamos…siempre encontraba una forma de entretenerme.

Tenía miedo de la oscuridad, entonces me dijo que me sentara junto a la ventana, donde había luz, trajo una manta y me cubrió.

- Odio que llueva – murmuré.
- Ah, ¿sí? - me miró y sus ojos brillaron de una forma extraña. Al ser yo una niña no la supe interpretar, pero ahora, cada vez que la recuerdo me recorre un escalofrío – y ¿por qué?
- Porque si llueve, no podemos salir a jugar, ni a leer bajo el árbol…
- Humm- sonrío – pero… es bueno que llueva.
- ¡No! – me crucé de brazos y negué con la cabeza, después de todo…sólo tenía 5 años.- es feo… y malo.
- ¿Malo? – inquirió - ¿cómo puedes decir eso? ¿sabes por qué llueve?
- Porque…- en ese momento lo miré y supe que en realidad no lo sabía – no lo sé, ¿por qué?

Lo miré interesada, mi hermano era el mejor, siempre me contaba cosas geniales sobre el mundo y me leía historias que me llevaban a lugares lejanos y fantásticos. Él fue quien inculcó en mí la pasión por leer y más tarde por escribir. Vio ese don que yo tenía y lo valoraba y lo hizo florecer, volar…

- Bueno…llueve porque…- hizo una pausa y se llevó una mano a la barbilla mientras pensaba - ahh sí... Llueve porque, las personas que están en el cielo y son estrellas en la noche, a veces no aguantan y quieren ver a los que aman en el día…
Por eso bajan en forma de lluvia, por eso cuando caen las primeras gotas, los pájaros cantan y la tierra huele fresca.
- ¿Si? - pregunté emocionada… - y…¿mi conejito bajará también? – el sólo sonrío y me acarició el cabello
- Sí, él también baja a veces…
- Pero…y ¿¿cómo vuelven a subir?? – creo que era una niña demasiado curiosa…
- ¿¡Ah!? – se sorprendió. Me miró con una media sonrisa en su rostro y despeinó mi cabello con su mano – eres una niña muy preguntona, ¿lo sabías?
- Mamá dice que es bueno que tenga cubriosidad…- respondí, según yo muy segura de lo que decía. Mientras mi hermano rompía en carcajadas.
- ¿Qué?- pregunté inocente y algo resentida.
- Se dice curiosidad, Avi - me dijo al recuperar el aliento.
- Ahhh sí... eso – sonreí algo sonrojada.
- No está mal equivocarse – suspiró – todos lo hacemos.
- No….- negué con la cabeza.
- ¿No? – siguió mirándome, me miraba como si yo fuese algo sobrenatural y encantador. Jamás lo entenderé.
- Onii sama, no se equivoca…- otra vez sonrío.
- ¿Así que aprendiste a decirlo? … - asentí contenta y él me abrazó – ¡oh! Avi, - suspiró abrazándome contra él…- Si supieras cuantas veces me he equivocado, espero que tu no cometas los mismos errores que yo.

Levanté la cabeza, saliendo de entre su pecho y lo miré asombrada. Mi hermano lloraba, tenía los ojos llenos de lágrimas que intentaban escapar. Me abrazaba fuerte, sentía como temblaba. Pero no lograba explicarme por qué. Luego supongo que al mirarme se dio cuenta de que me confundía, se limpió el rostro con una mano y volvió a sonreírme como siempre.

- Avi, tengo que irme por un tiempo….- me dijo aún con un tono triste
- ¿Ah?...¿por qué?, ¿a dónde vas? –
- A…a un lugar lejos de aquí – soltó con ternura, su vista estaba perdida. En ese momento no lo noté, pero…se estaba despidiendo, de alguna forma él sabía que no iba a volver.
- ¿Como unas vacaciones?, ¿igual que papá? – solté contenta – ¿a dónde?, ¿puedo ir contigo?
- No, no puedes…- siguió con el rostro ensombrecido - tú…debes dedicarte a tener una vida feliz y a olvidar que tu hermano te traicionó – soltó en un murmullo mirando al piso.
- ¡Ya volví!, ¿por qué todo esta a oscuras? – la voz de mi mamá se escuchó desde al puerta.

Sin darme cuenta de la gravedad de las cosas mi expresión sólo cambio y corrí a recibir a mamá en la puerta. Dos días después mi hermano salió de casa con una pequeña maleta. Antes de que saliera recordé que no había terminado su cuento. Corrí hacia él y llamé su atención jalándolo de la manga de la chaqueta.

- Avi, debo irme- soltó triste mirándome de reojo.
- Sí, pero… ¿cómo vuelve la lluvia al cielo? – una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro. Se agachó junto a mí y me miró directo a los ojos, en ellos había una extraña emoción, no sabía que era.
- Vuela…Vuela de nuevo hacia las nubes y espera para volver a caer.- sin esperar nada más se levantó, dándome un beso en la frente y luego hizo lo mismo con mamá.

Años después me di cuenta de que mi padre no se había ido de viaje, nos había dejado y que debido a ello ya no teníamos dinero, mi hermano se había enlistado al ejército para cubrir nuestros gastos, y dos meses después de haberse ido…murió. Ahora cada vez que llueve, lo recuerdo, deseo que cada gota que cae del cielo, sea él mirándome…dándose cuenta de que…cumplí mi promesa, soy feliz, aunque suelo llorar cuando llueve.



Palabra: Lluvia

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martes, 19 de mayo de 2009

Una mañana fría


-¡Hum!, un rico café- pensé en voz alta.
Era precisamente lo que necesitaba.
Las mañanas de diciembre eran muy frías en Lugo.

Me encontraba paseando por sus magníficas calles cuando una corriente de aire frío cruzó todo mi cuerpo, sentí la necesidad de resguardarme.
Entré en una vieja taberna y pedí un café muy caliente.

Me senté en el final de la barra y un viejo camarero, posiblemente el dueño, me lo sirvió.
Rodeé la taza con mis manos para intentar entrar en calor, degusté su peculiar aroma y bebí mi delicioso manjar.
Adoro el café de taberna, sabe diferente.

Me hallaba sumido en una vorágine de pensamientos cuando dos hombres vestidos con largas gabardinas grises y bufandas de lana negras atadas a sus cuellos, entraron en la cafetería.
Se sentaron en la mesa más alejada de la entrada y pidieron sendos cafés.

Me miraban constantemente, cosa que me puso un poco nervioso.
Decidí terminar mi parada y continuar con mi viaje.
Pagué mi café y me dirigí a la entrada.

Sentí como los hombres de gabardina clavaban su mirada en mi espalda.
Me volví despacio y los disparé.
Dos disparos perfectos en el entrecejo.
Estaban muertos.
También maté al camarero y a un cliente que trataba de huir.

Había tenido que matar a cuatro personas más por tomar una simple taza de café, pero no podía dejar huella y ellos me habían reconocido.

Salí de la cafetería y caminé por las frías calles de Lugo dispuesto a desaparecer.


Pilar Bermúdez Gil

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viernes, 8 de mayo de 2009

Alcanzar el cielo

A Marina le gustaba volar, soñaba con verse rodeada de un solo e inmenso cielo azul, un cielo infinito. Y volar por sobre todos sus problemas y preocupaciones, observar la ciudad desde lo alto del cielo, riendo y soñando. Recordar aquellas cosas que dejó allí abajo, y regodearse en su felicidad al encontrarse libre como un pájaro, sin preocupaciones ni responsabilidades. Burlarse de aquellos que no fueron capaces del alcanzar el cielo y siguen allí, estancados en la superficie, sin ascender ni poder ser libres, para volar junto a ella.

Cuando tenía cinco años iba todas las tardes a la plaza de los sauces y se hamacaba sobre un columpio, intentando llegar tan alto como le era posible. Una noche, soñó que se columpiaba tan, tan alto, que llegaba a tocar el cielo con la punta de sus zapatitos de charol.

-Falta poco, ya casi llego- dijo al levantarse de su cama color cielo- y cuando lo alcance, volaré junto a los pájaros y saludaré a mamá desde una nube, y por las noches, descansaré sobre una estrella y nunca jamás volveré a temerle a la oscuridad, porque su luz me acompañará por siempre- se dijo con aire soñador, tan entusiasta que inundaba a la casa de un aroma de optimismo y tranquilidad.

Su madre la observaba en silencio y sonreía con ternura al ver que su hijita había salido como su padre: infinitamente bohemio y soñador.

A los ocho años, Marina se cansó de su columpio. Ahora quería nuevas metas, quería llegar al cielo, ya no le faltaba tan poco.
Luego de almorzar un domingo al mediodía, se dirigió hacia su habitación dando saltitos, salió por su ventana y trepó por el tejado. Una vez arriba, se asomó al borde de este, extendió sus brazos y saltó.

Se rompió la muñeca y la pierna izquierda. A su madre casi le agarra un ataque cuando se enteró de lo que intentaba hacer, quizás sus sueños habían llegado demasiado lejos.
Y también quizás, alcanzar el cielo no era tan sencillo como ella pensaba.


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lunes, 4 de mayo de 2009

Cielo

Miraba por la ventana de la habitación al cielo, sus rizos volaban al viento, una suave brisa acariciaba su rostro, sentia en su cuerpo florecer la intriga y la desesperación. Sabía que se acercaba el momento, el crepúsculo caía, la oscuridad iba invadiendo cada zona iluminada por el sol, las sombras avanzaban así como caía la noche. El horizonte se volvió de un color vermejo, las nubes se bañaban de color sangre y eso hizo que se le erizara el pelo...

¿Estaba preparada?, por su mente pasaron imágenes de su vida, y se mezclaron con el tinte agrio de lo que iba a ocurrir. Pero... ella le deseaba, lo quería con todas sus fuerzas, y sabía que tarde o temprano iba a ocurrir.
Giró la vista de nuevo al infinito y vio la oscuridad en el cielo, éste se había vuelto oscuro, y un escalofrío la recorrió. No sabía expresar su sentimiento ansiosa por verle, ansiosa por el acontecimiento que iba a ocurrir, pero al mismo tiempo estaba aterrada.

De repente una mano fría se posó sobre su espalda, esta aquí... pensó. Se giró lentamente y le miró a los ojos, eran rojos. Esto le trajo el vago recuerdo del cielo rojo y sangriento, sus labios se posaron en ella y le besaron lentamente, fríos, sin vida. Sus manos empezaron a acariciar su cuerpo, y a desnudarla. Ella temblaba, él despertaba miles de emociones en su cuerpo, sus labios empezaron a descender rozando son sus dientes el cuello y aspirando el aroma de su vida, su sangre... Sintió cómo su cuerpo se elevaba y estalló en un tormento de pasión, empezando una danza salvaje, ella perdió su mirada en el horizonte, clavando su vista en el cielo oscuro, una noche nublada y sin luna. El roce de su piel la hacía enloquecer disipando sus dudas, estaba convencida, lista para la eternidad.

- ¡Hazlo!- chilló.

Una punzada en su cuello, un dolor penetrante y agudo y un orgasmo de pasión estallaron a la vez, y mirando al cielo de nuevo, una estrella brilló.

neus

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