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viernes, 8 de mayo de 2009

Alcanzar el cielo

A Marina le gustaba volar, soñaba con verse rodeada de un solo e inmenso cielo azul, un cielo infinito. Y volar por sobre todos sus problemas y preocupaciones, observar la ciudad desde lo alto del cielo, riendo y soñando. Recordar aquellas cosas que dejó allí abajo, y regodearse en su felicidad al encontrarse libre como un pájaro, sin preocupaciones ni responsabilidades. Burlarse de aquellos que no fueron capaces del alcanzar el cielo y siguen allí, estancados en la superficie, sin ascender ni poder ser libres, para volar junto a ella.

Cuando tenía cinco años iba todas las tardes a la plaza de los sauces y se hamacaba sobre un columpio, intentando llegar tan alto como le era posible. Una noche, soñó que se columpiaba tan, tan alto, que llegaba a tocar el cielo con la punta de sus zapatitos de charol.

-Falta poco, ya casi llego- dijo al levantarse de su cama color cielo- y cuando lo alcance, volaré junto a los pájaros y saludaré a mamá desde una nube, y por las noches, descansaré sobre una estrella y nunca jamás volveré a temerle a la oscuridad, porque su luz me acompañará por siempre- se dijo con aire soñador, tan entusiasta que inundaba a la casa de un aroma de optimismo y tranquilidad.

Su madre la observaba en silencio y sonreía con ternura al ver que su hijita había salido como su padre: infinitamente bohemio y soñador.

A los ocho años, Marina se cansó de su columpio. Ahora quería nuevas metas, quería llegar al cielo, ya no le faltaba tan poco.
Luego de almorzar un domingo al mediodía, se dirigió hacia su habitación dando saltitos, salió por su ventana y trepó por el tejado. Una vez arriba, se asomó al borde de este, extendió sus brazos y saltó.

Se rompió la muñeca y la pierna izquierda. A su madre casi le agarra un ataque cuando se enteró de lo que intentaba hacer, quizás sus sueños habían llegado demasiado lejos.
Y también quizás, alcanzar el cielo no era tan sencillo como ella pensaba.


Uno de los texto más votados sobre la palabra "Cielo"

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lunes, 23 de marzo de 2009

Somnolientos de amor


El invierno está a punto de acabar y se pasea por las calles anunciando su última visita. El frío se cuela por la ventana de aquella habitación rodeada de una completa y silenciosa calma. Las cortinas blancas se ondulan al compás del viento. Si te asomas por al ventana, curioso espectador, lograrás ver aquella cama revuelta, donde él dormía con una pequeña sonrisa en su rostro y el corazón revuelto de tanto amor.
Si sientes un fuerte olor a café, es ella. Que lo vierte sobre dos grandes tazas, mientras tararea una canción.
Al despertarse, la vio atándose sus rebeldes rizos con una coleta, con su cuerpo a contraluz. La sorprende por detrás y la abraza con fuerza, haciendo que caigan ambos sobre la cama. Riéndose de todo: de ellos mismos, de la vida, de aquella mañana soñada, y de sus corazones entrelazados por un amor que no deja de refulgir en su mirada enamorada. Y al verlos pareciera que tu te sientes inundado por una frescura y paz repentina, tan hermosa como aquella única mañana de domingo.
Desayunan de muy tarde, y después seguro mirarán algún álbum que congele sus instantes en fotografías, recordando todo el camino que han recorrido juntos, y se querrán un poquito más.
Charlarán y se reirán, sin nada que le importe en esos momentos, solo ellos dos. Pedirán helado y jugarán con el, como niños pequeños. Sin olvidar nunca las risas ni aquellos besos que susurran un te amo una y otra vez.
Porque se aman, como locos, aquellos vagos, somnolientos y delirantes de amor.
Por todos los amaneceres (y noches) de domingo, y por cada uno de esos momentos en los que se aman con el corazón.

Mañanas congeladas, olor a café y un amor tan inmenso que pareciera que es demasiado sólo para aquellos dos mortales. Pero lo que no sabes, querido espectador, es que sus corazones son tan, tan grandes, que no dejarán que rebose ni una gota.

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