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jueves, 28 de mayo de 2009

Mi golosina, cocaína

Ella es como una golosina
que consume mi cabeza,
me controla, me domina,
contamina con fiereza.

Es un demonio de la suerte
que te atrapa e hipnotiza,
si pierdes te da la muerte
y si ganas otra dosis necesitas.

Me masturbas, me vomitas,
me conduces al infierno
de encontrarnos a escondidas.
No hay salidas.

Eras la vía de escape
y te has convertido en la cárcel
que me asfixia y sodomiza;
tú mierda blanca, yo sólo ceniza.





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viernes, 27 de marzo de 2009

Me pedías perfección


Siempre amiga de la Soledad. Hay que ver, parece que nada vaya a cambiar. Desde que te fuiste, todo sigue igual, yo sigo intentando olvidar. Sigo escribiendo aquí todo lo que me queda por decir. Sigo amándote así, extrañándote en cada latido de mi corazón. Y en ocasiones pierdo la razón.
A veces en la madrugada me parece reconocer el olor de tu cabello. A veces me pregunto por qué nos cubrimos con ese velo. No sé que hacer, ni qué decir... ¿cuándo por fin seré feliz?
Yo hago la maleta, este sitio me recuerda tanto a ti... me llevaré recuerdos y la locura de corazones cuerdos. Me llevaré el sabor de tus labios y las colillas de los ceniceros donde tiramos todos nuestros versos.
Tú me pedías amor, me pedías calor, abrazos, noches de pasión. Todo te lo di yo, pero no supe ser la perfección. Tú me pedías tanto, que al final todo explotó.
Cojo un tren sin rumbo ni dirección, tengo un billete de ida, el de vuelta se me olvidó. No pienso volver donde juré mi amor. No pienso volver... no.
Tú me pedías amor, me pedías calor, abrazos, noches de pasión. Todo te lo di yo, pero no supe ser la perfección. Tú me pedías tanto, que al final todo explotó.
Tú querías que fuera tu musa, y en las tardes sólo compañera confusa. Tú me pedías el cielo, me pedías la luna, y yo sola como ninguna. Tú me pedías que cazara la brisa, me pedías imposibles... yo sólo una sonrisa.


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jueves, 26 de marzo de 2009

Te traigo


Te traigo una canción
que se escribe sin palabras
y el viento la emoción
que de ellas emanaba.

Te traigo el beso y la flor,
el calor de la alborada.
Te traigo la luna y su esplendor
de vida iluminada.

Te traigo una caricia y un perdón,
un mañana de esperanza.
Te traigo risa, llanto y pasión,
te cambio el dolor por una alabanza.

Te traigo sinceridad e ilusión,
una sonrisa en mis labios varada.
Te traigo todo mi ser, mi corazón…
y si eso te hace feliz, no pido nada.

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lunes, 23 de marzo de 2009

Delirios de la Dama Blanca

Apreté la piedra entre mis dos manos y visualicé en mi cabeza el interior de mi morada. Al cabo de unos segundos aparecí en el recibidor. Una panda de esclavos y lame culos indeseables se apostaron a mi alrededor soltando toda clase de cumplidos y alabanzas; los aparté de un empujón, resoplando.

Puse rumbo a lo que realmente me interesaba. Crucé la sala de torturas, deleitándome de cada una de las herramientas y toda la maquinaria. Sonreí e introduje la llave en cerradura de la puerta que conducía a las escaleras de bajada. Cerré a mis espaldas.

El mismo ritual en las siguientes tres puertas hasta llegar a la sala principal de mi panteón. Mi verdadera morada.

Carraspeé y uno de mis esclavos se volvió hacia mí con presteza, arrodillándose para besar mis botas. Le sonreí y luego le propiné una patada en la boca, tumbándole en el suelo. Coloqué mi alabarda sobre su pecho y me incliné hacia él.

-Espero que toda esta sarta de sandeces no quiera decir que no está hecho lo que te pedí, cariño… porque si es así voy a enfadarme… y voy a enfadarme mucho. Y ya sabes lo que pasa cuando me enfado, ¿verdad que sí?
-No, no, no… claro que no, excelencia oscura. Todo ha salido tal como planeabais. La sala está preparada.
-¿Todo bien?
-Diría que sí, mi señora…
-¿Dirías? ¿Acaso me has oído pedirte opinión? No me interesa lo que opines, me interesan hechos. ¿Lo has comprobado?
-Pues… no, pero…-se retorcía las manos de forma nerviosa. Le corté.
-¿Pero? –espeté, alzando la voz y resoplé- Bien, bien… ya veo que, como siempre, tengo que hacerlo todo yo. Vamos.

Retiré la alabarda de su pecho y le di un poco con la punta del pie, ordenándole que se levantara. Cuando lo hizo, le di un empujón hacia delante, rumbo a aquella nueva sala. Fui tras él, vigilando cada paso.

La estancia estaba iluminada únicamente por velas color sangre que pendían de una especie de bandejas en plata que flotaban en el aire. Un halo de luz rojiza, procedente de ninguna parte, caía como un velo sobre el altar que velaba la estatua. Sobre el altar había una cajita ornamentada con rubíes y tallada en madera. La misma madera negra que yo habría cogido del Bosque Negro días atrás.

El esclavo giró lentamente la cabeza para mirarme, sus ojos llenos de temor se clavaron en los míos. Su miedo me invadía transformándose en un éxtasis inimaginable, asentí a la pregunta que se formulaba en su mente.

Avanzó lenta pero firmemente, con la seguridad de quien camina hacia la muerte y la incertidumbre de qué habrá después. Contemplé desde la puerta. Posó una mano sobre la caja y cerró los ojos, abriéndola con reticencia.

En ese mismo instante brotó de sus labios un aullido desgarrado, incontenible, que retumbó por todo el panteón. Observé impasible la escena, como la caja le absorbía cada fibra de su ser, arrancándole primero la piel y luego las entrañas, encerrándolas para siempre.
Sólo quedó su esqueleto, que se hizo trizas al caer al suelo y de nuevo se hizo ese intenso silencio. La caja se cerró sola y uno de los rubíes se volvió negro, los ojos de la estatua fulgurando en grana. Salí de la estancia y cerré las nueve aldabillas de la puerta.

Aún queda mucho trabajo, pensé mientras me alejaba sonriendo.



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