lunes, 23 de marzo de 2009

Delirios de la Dama Blanca

Apreté la piedra entre mis dos manos y visualicé en mi cabeza el interior de mi morada. Al cabo de unos segundos aparecí en el recibidor. Una panda de esclavos y lame culos indeseables se apostaron a mi alrededor soltando toda clase de cumplidos y alabanzas; los aparté de un empujón, resoplando.

Puse rumbo a lo que realmente me interesaba. Crucé la sala de torturas, deleitándome de cada una de las herramientas y toda la maquinaria. Sonreí e introduje la llave en cerradura de la puerta que conducía a las escaleras de bajada. Cerré a mis espaldas.

El mismo ritual en las siguientes tres puertas hasta llegar a la sala principal de mi panteón. Mi verdadera morada.

Carraspeé y uno de mis esclavos se volvió hacia mí con presteza, arrodillándose para besar mis botas. Le sonreí y luego le propiné una patada en la boca, tumbándole en el suelo. Coloqué mi alabarda sobre su pecho y me incliné hacia él.

-Espero que toda esta sarta de sandeces no quiera decir que no está hecho lo que te pedí, cariño… porque si es así voy a enfadarme… y voy a enfadarme mucho. Y ya sabes lo que pasa cuando me enfado, ¿verdad que sí?
-No, no, no… claro que no, excelencia oscura. Todo ha salido tal como planeabais. La sala está preparada.
-¿Todo bien?
-Diría que sí, mi señora…
-¿Dirías? ¿Acaso me has oído pedirte opinión? No me interesa lo que opines, me interesan hechos. ¿Lo has comprobado?
-Pues… no, pero…-se retorcía las manos de forma nerviosa. Le corté.
-¿Pero? –espeté, alzando la voz y resoplé- Bien, bien… ya veo que, como siempre, tengo que hacerlo todo yo. Vamos.

Retiré la alabarda de su pecho y le di un poco con la punta del pie, ordenándole que se levantara. Cuando lo hizo, le di un empujón hacia delante, rumbo a aquella nueva sala. Fui tras él, vigilando cada paso.

La estancia estaba iluminada únicamente por velas color sangre que pendían de una especie de bandejas en plata que flotaban en el aire. Un halo de luz rojiza, procedente de ninguna parte, caía como un velo sobre el altar que velaba la estatua. Sobre el altar había una cajita ornamentada con rubíes y tallada en madera. La misma madera negra que yo habría cogido del Bosque Negro días atrás.

El esclavo giró lentamente la cabeza para mirarme, sus ojos llenos de temor se clavaron en los míos. Su miedo me invadía transformándose en un éxtasis inimaginable, asentí a la pregunta que se formulaba en su mente.

Avanzó lenta pero firmemente, con la seguridad de quien camina hacia la muerte y la incertidumbre de qué habrá después. Contemplé desde la puerta. Posó una mano sobre la caja y cerró los ojos, abriéndola con reticencia.

En ese mismo instante brotó de sus labios un aullido desgarrado, incontenible, que retumbó por todo el panteón. Observé impasible la escena, como la caja le absorbía cada fibra de su ser, arrancándole primero la piel y luego las entrañas, encerrándolas para siempre.
Sólo quedó su esqueleto, que se hizo trizas al caer al suelo y de nuevo se hizo ese intenso silencio. La caja se cerró sola y uno de los rubíes se volvió negro, los ojos de la estatua fulgurando en grana. Salí de la estancia y cerré las nueve aldabillas de la puerta.

Aún queda mucho trabajo, pensé mientras me alejaba sonriendo.



1 comentario:

  1. He visto el comentario que me habéis dejado ,me parece genial participar , ya me diréis.... cómo?
    Saludos
    letras@sartel
    transparente y opaco

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