miércoles, 18 de marzo de 2009

Sigilo, secretos

Caminaba sigilosamente, despacio. No dejaba que mi peso incidiera demasiado en mis pisadas. El ruido podía hacer que se dieran cuenta que estaba allí y eso no hubiera estado bien. No era lo correcto, yo no debía estar allí. De todas formas con la música no creo que me escucharan. Había logrado subir las escaleras de madera que tanto crujían. Había evitado los crujidos, con mucha concentración. Ahora sólo faltaba llegar al final del pasillo, y abrir la puerta. Esa puerta que siempre me habían prohibido. Al fin iba a descubrir el secreto que guardaba. Había robado la llave. No me sentía mal por haberla robado, no merecía que fuera la única de la casa a la que excluían. Necesitaba saber por qué, ya tenía una edad, ya no era una niña. Estaba nerviosa, pero tenía que mantener la calma para que el pulso no se me acelerara ni se me intensificara la respiración. Concentración. Había llegado a la puerta, la puerta roja, la puerta prohibida. La cerradura era negra y la llave blanca. Bonito contraste. Introduje la llave y giré suavemente. El clic sonó delicadamente. Ya estaba, sólo tenía que empujar. Dudé unos momentos y empujé. Una luz cegadora hizo que retrocediera unos pasos. Con la cara medio tapada, me fui acercando al interior de la habitación y entonces lo pude ver. El misterio estaba resuelto. El secreto dejó de serlo y esa noche, al fin, podría dormir tranquila.


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