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sábado, 29 de mayo de 2010

Inicio del Minirelato 5: Castillos Blancos

Escribe tu final para el siguiente texto de inicio:

Castillos Blancos

En la playa estaba la felicidad. De eso no me cabía duda. El rumor de las olas al llegar a la playa parecía hablar de libertad. Nos gustaba ese momento. Ninguna de nosotras decía palabra alguna al respecto pero nuestros ojos, nuestras miradas y nuestros labios acusaban ese beneplácito que nos producía aquel sonido. No había para nosotras días distintos en aquel lugar. Todos eran iguales, cargados con la misma alegría y disfrute. Pasear por la playa fue desde el momento de conocernos el mejor de nuestros deleites. Pensar en encontrar a dos personas en el mundo que gusten de lo que a una misma le gusta no es complicado, sí lo es si ese gusto es muy particular y se hace real, tal como se manifestó aquella vez. Caminar bajo el sol ardiente en enaguas, con paraguas y en una playa solitaria no es lo que precisamente se podría decir un gusto común. Así éramos nosotras. Nos encontramos de ese modo, tal como si alguien nos hubiese dado cita en aquella lejana playa y nos hubiese ordenado que debiéramos cada una asistir con nuestra ropa favorita y nuestros gustos excéntricos.

Verano de 2011, esa fue la estación en la que aquellos hechos se sucedieron. Aún me parece sentir la sensación de la arena escabulléndose por mis dedos mientras intento mantener fuertemente la presión sobre el puñado que he tomado de la playa. En el zenit el sol ha alcanzado su punto de equilibrio. El mar ruge, con un rugir único. Alguna que otra gaviota planea en busca de alimento. Y nosotras nada, ahí, tiradas sobre la arena, en silencio y a merced del sol, nos mantenemos expectantes de todo lo que nos rodea. Cualquier movimiento o cualquier sonido son perceptibles por nuestros sentidos. Nada se nos escabulle. Los lunares de las enaguas, el brillo de los paraguas al sol, el oscilar de los cabellos, cualquier cosa nos sorprende y nos roba una sonrisa. Sí, la felicidad también puede encontrarse en una playa, solo hay que saber verla.


Plazo límite de entrega
: lunes, 31 de mayo a las 23:00 (hora España)

Para participar, leer Reglas y Normas de la actividad.

Envíanos tu final por e-mail a: memenovela @ gmail.com o dejarlo como comentario en este mismo post. Todos serán publicados en el blog.

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miércoles, 10 de marzo de 2010

Minirelato 4: Final alternativo 1

Inicio del minirelato

Final alternativo 1:

...Con un leve toque tembloroso Juan entreabrió un poco más la puerta del local. El humo, aunque escaso, se percibía en el aire y se podía observar como lentamente traspasaba el límite de la puerta. Juan y sus amigos tuvieron muchos pensamientos, todos en milésimas de segundos, pensamientos de muerte, pensamientos de tragedia, todos con un final nada prometedor. Supusieron lo peor para Gerardo, sin embargo en aquel instante eran solo eso, suposiciones.

Entraron. El humo copaba gran parte del local pero no había llamas. Eran tan solo humo. Un humo semejante a la quema de papeles y no de otra materia combustible.

- Es extraño –comentó Juan- no parece un incendio en sí.

- Tienes razón, tal vez sea un cortocircuito en algún lugar del depósito o bien algo que está comenzando a incendiarse –comentó Alfonso- miremos por todos lados, con cuidado.

Se dividieron y comenzaron a buscar el origen de aquel humo. Fue Juan quien lo encontró primero.

- ¡Gerardo!, ¡¿qué haces?! –exclamó sorprendido mientras veía como Gerardo quemaba papeles en una estufa hogar.

- ¡Puta madre!, ¡me has tomado de sorpresa, Juan!, ¡casi me matas del susto!

- Pues nos hemos preocupado, amigo. La puerta del local está abierta y todo este humo que lo invade. Además hemos llamado a tú mujer y nos ha dicho que tú habías salido hacia aquí. ¿Qué pasa Gerardo?, ¿qué son estos papeles y porqué los estás quemando?

El viejo Gerardo desencajó su rostro. No podía mentir, uno de sus amigos pedía explicaciones y él estaba rodeado de una evidencia a la cual no podía escaparle. Cerró la caja fuerte ya vacía y acomodó los pocos papeles que quedaban por quemar.

- Quemo un error, Juan, eso hago –dijo Gerardo.

- ¿Un error?, ¿a qué te refieres con eso?, sé claro, no te entiendo. –contestó Juan mientras llegaron a la habitación Alfonso y Pedro. Gerardo se sobresaltó al ver a sus tres amigos juntos. Una línea de vergüenza le recorrió el semblante.

- Un error, amigos. Eso es. Es una historia larga que necesita un fin y eso es lo que he venido a hacer esta mañana al local.

- No te entendemos Gerardo. Explícate por favor y ya deja de quemar que el humo nos terminará matando a todos.

Fue entonces que Gerardo terminó de echar de una sola vez todos los papeles que quedaban y cerró la puerta de la estufa hogar. Dentro, siendo presa de las llamas, los papeles se retorcían y dejaban de ser contenedores de secretos para simplemente ser algo inservible. Tan solo cenizas.

- Hace años, aún estando casado con mi mujer, tuve un affaire. Conocí a una mujer en un burdel. Era una bonita rubia de grandes senos que tenía una hermosa sonrisa. Sin que mi mujer lo supiera cada noche que la chica rubia bailaba en el burdel yo me aprestaba y me iba a verla bailar. Mientras mi esposa dormía yo salía a escondidas por el garaje y me escabullía hasta el burdel. Así fue durante varios meses, tantos meses como la rubia bailó allí.

- Te seguimos… –dijo Alfonso.

- Durante los meses que ella estuvo aquí en la ciudad no falté una noche. La conocí personalmente a la tercera semana de venir a verla bailar. Tomamos unas copas y nos contamos parte de nuestras vidas, de nuestros malestares individuales, y nuestros anhelos. Era una muchacha sencilla, pueblerina, con hermosas dotes femeninas, que tenía como ambición llegar a ser bailarina profesional algún día. Ese tipo de sueños que se tiene en los pueblos chicos. En esos días hicimos por primera vez el amor. Fue algo maravilloso, era fogosa, sexualmente increíble. Cada día que retornaba a mi casa atravesaba la puerta y sentía un terrible peso que pendía de mi cuello. Tal vez una gruesa soga en forma de horca era lo más propicio para dejar de sentir aquello. Mi culpabilidad era infinita. No podía mirar a los ojos a mi mujer. De a poco todo comenzó a envolverse de una tela pegajosa y densa que día tras día me alejó más y más de mi esposa.
No creas que soy un insensible, ni tampoco ustedes amigos, no, todo lo contrario. Nadie más que yo deseaba que aquello concluyera de una u otra manera pero no sabía encontrar el camino correcto. La chica rubia seguía abordándome y mi carne cedía, y poco a poco también lo comenzaron a hacer mis sentimientos. Era una verdadera tortura llegar a casa y acostarme al lado de mi esposa. Mis hijos me notaban distante, yo me notaba en otro sitio con respecto a ellos, casi semejante a mirarnos todos desde dos montañas enfrentadas y separadas por un extenso valle. Pero la vida tiene soluciones que nosotros no imaginamos. Un día al salir del hotel donde solíamos acostarnos y tener sexo con la chica rubia un ladrón nos encañonó e intentó robarnos. No nos resistimos, ella le dio sus alhajas y yo mi reloj y mi billetera; no obstante el ladrón no se conformó con ello y exigió más. Le explicamos que no había más, entonces disparó. Solo vi el humo que salía de la punta de su pistola y el pavor de su cara. Echó a correr por la calle donde la espesura de la noche lo tragó. La chica rubia tenía una mancha roja en su abdomen, la bala había entrado a la altura del hígado. Murió en pocos minutos, en mis brazos.

- ¿Y finalmente que pasó Gerardo? –preguntó Juan un tanto consternado por el relato.

- Llegó la policía, me tomaron declaraciones, y jamás pudieron dar con el asesino. Dentro de la milicia tenía varios amigos y ellos escondieron mi nombre y participación en aquel hecho para no hacer sufrir a mi esposa. Yo estaba destrozado. Con el paso de los años el recuerdo de la chica rubia fue desvaneciéndose pero de vez en cuando vuelve como una vieja estrella que no puede dejar de visitar el cielo con su luz. Entonces me angustio y siento gran culpa por no poder haber reaccionado aquel día –dijo Gerardo sollozando.

- Entiendo toda esta historia, tú culpa, tú congoja, ¿pero porqué quemas papeles en un día laboral, en tú negocio, y con la puerta abierta? –preguntó Alfonso.

- La puerta, como dije, la olvidé abierta. Los papeles no son simples papeles. Son cartas. Cartas de amor que la chica rubia me escribía al salir de su trabajo y las depositaba en una estafeta postal de los suburbios. Como dos chiquilines nos escribíamos a escondidas del mundo, degustando el sabor de lo prohibido. Mi esposa jamás supo de esas cartas y hoy, que he soñado con la chica rubia, decidí quemarlas. Sentí que debí darle un verdadero fin. Las tenía aquí, en la caja fuerte, y las releía cada vez que la recordaba. Pero ya está, ya tuvo su fin.

Los tres amigos de Gerardo se miraron consternados y abrazaron uno por uno a su querido amigo. El humo paulatinamente se disipó dejando paso a los rayos del sol que entraban por las vidrieras. Se despidieron con un abrazo y Gerardo, tras enjugar sus lágrimas, dio vueltas el cartel de “abierto” y retomó su rutina diaria. Un pálido y viejo sol iluminaba la calle, y el mundo… el mundo seguía girando.

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lunes, 8 de marzo de 2010

El paraguas rojo


Asesinamos a Krys cuando dormía. Fuimos los cinco de siempre, los mismos que nos criamos en las callejuelas del barrio y reíamos los domingos a la hora de la siesta cuando el titiritero llegaba con sus viejos títeres a hacernos reír. Después del asesinato sentí vergüenza de mí mismo y un frío gélido me recorrió las sienes. Había matado a Krys, en un día lluvioso, mientras ella misma intentaba por sus propios medios de alejarse de este mundo. ¿Quién era yo, o quiénes éramos nosotros, para semejante barbarie? Antes suponía que éramos amigos. Krys, ellos, yo, pero no tengo amigos asesinos, ni tampoco una amiga asesinada, por eso pienso que todo lo que anoche aconteció fue solo una pesadilla, de esas que de tan vívidas tú pareces encarnar a la perfección uno de sus personajes más oscuros.

El teléfono sonó a media mañana cuando aún dormía empapado en sudor. Buscando al tanteo di con el aparato y escuché la fría voz de la mujer del hospital. Perdone señor, la señorita Krys acaba de fallecer, siento mucho despertarlo con esta triste noticia. Entonces colgué. Mantenía mi cara apoyada en la almohada, y la habitación olía a lavanda, tal como solía gustarle a Krys cada vez que venía a visitarme y quedarse a dormir. Tuve recuerdos de un asesinato, el de cinco amigos ingresando a una sala de terapia intensiva de un hospital y desconectar la máquina que hacía posible el milagro de mantener la vida. Y de repente todo a mí alrededor parecía un pozo oscuro, con sus paredes húmedas, donde la vida no asomaba y dejaba todo el lugar accesible para que la nada se apoderara de él. Tal vez Krys estaba en aquel pozo, tal vez ella podía acercarse a mí con su manera tan peculiar de hacerme sentir único, y apoyados en las paredes frías haríamos el amor como solíamos hacerlo sin que nadie lo supiera, sin que nadie pensara que ella y yo solo éramos otra cosa más que amigos, esos amigos de toda la vida, los amigos de los domingos de títeres, los amigos de los hombros siempre disponibles.

Al llegar al hospital la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Los rostros de los otros cuatro asesinos se veían blancuzcos y deprimidos, tal como los recordaba del sueño. La culpa, lo innombrable, lo imposible, todo eso seguramente volvía sus caras con esa tonalidad de pecado. Lo sentimos mucho, me dijeron. Uno por uno pasó a abrazarme mientras yo observaba a Krys detrás del vidrio dormir ese sueño tranquilo y eterno que tanto buscaba y del que tanto me hablaba por las noches. Yo sabía que algún día la asesinaría y que la muerte no se enojaría conmigo, al contrario, me entendería y tendría piedad de mi amiga. Finalmente pasó, Krys ahora dormía y ya no sufría. Venció a la enfermedad. Destruyó el dolor.

Los cuatros asesinos se fueron de a uno, y yo, el quinto, me quedé a solas en la sala de espera. Detrás de mí una ventana comunicaba con el mundo, ese mundo que habitábamos a diario y que ignoraba cómo hay almas que se esfuman por las noches. Llovía torrencialmente, tanto que era casi imperceptible ver más allá de la distancia de un brazo. Me apegué al vidrio y contemplé el diluvio. Entonces amainó, y en frente una mujer, con un paraguas rojo, se mantenía parada, inmóvil, bajo la lluvia. El color de la sangre, pensé. La observé por unos instantes y diría que a simple vista parecía Krys, pero eso era imposible, ella aún dormía sobre la camilla helada. La mujer cruza la calle y se para en medio de ésta, cierra el paraguas y lo tira al suelo. Finalmente vuelve sobre sus pasos y se pierde detrás del aguacero incesante que una vez más se desata. Corro a la calle, observo el paraguas, lo tomo, me huele a Krys, entonces lloro.

Descuelgo el teléfono después de escucharlo sonar un par de veces. Abro los ojos al mundo y escucho la voz de la enfermera del hospital. Señor, su amiga acaba de fallecer. Me visto rápidamente con lo que encuentro, abro el placar para tomar el abrigo y tras hacerlo caen trastos, entre ellos, un paraguas rojo.


Palabra: Paraguas

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domingo, 28 de febrero de 2010

Raíces Nuevas

Cuando mi mujer volvió de trabajar dejé de sentirme solo. A veces la soledad del departamento me asfixia. Es como la horrible sensación de tener una bolsa de nylon en mi cabeza y ajustada a mi cuello. Nos sonreímos ambos y nos dimos un beso a secas. Ella tomó una silla y se sentó alrededor de la mesa apoyando los codos sobre la superficie y las manos en sus mejillas. Noté que algo andaba mal. Tal vez era cansancio. Le conté que al volver de mi trabajo por debajo de la puerta había un telegrama el cual señalaba que su madrastra había muerto.
Ella suspiró y dijo:

- ¡Ufff! ¿Murió? –Luego añadió: Bueno, pobre, supongo que así lo quería el destino, ¿no?

Y lentamente, sin cambiar su postura, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que caían lentamente por las mejillas hasta estrellarse en la mesa. Me causó una profunda tristeza verla así pero algo me sujetaba a la silla y me impedía salir despedido a abrazarla y contenerla.
Entonces dijo:

- ¿Sabes?, creo que cada uno de nosotros tiene un destino escrito en algún sitio y que la vida se encarga desde niños de marcárnoslo; pero no lo sabemos ver, puede que lo tengamos frente a nuestros ojos y que lo ignoremos, o pensemos que solo se trata de pensamientos superfluos o divagues de nuestro subconsciente.
- Tal vez –respondí- Creo también en el destino. En mi veintena llegué a sostener que podíamos escribir el destino de nuestras vidas a nuestro antojo, pero poco a poco, a medida que fui creciendo y pasando aquellos años alocados, me di cuenta que no era tan así, que si creía en un orden cósmico debía existir también un orden para caminar por nuestras vidas.

Mi mujer rompió a llorar amargamente. Me pude librar de la atadura invisible que me contenía a la silla y corrí a contenerla. Me abrazó fuerte, muy fuerte, mientras notaba que con los dedos de sus manos parecía estar buscando algo en mi espalda. En aquel instante pensé en que hacía mucho tiempo no veía a alguien llorar tan amargamente. Eso me deprimió, me causó mucha amargura y más sintiendo que esa sensación emanaba de la mujer que yo mismo amaba más que a nadie en el mundo.

De a poco fue cesando su llanto y fue dando paso a pequeños espasmos y contracciones causadas por el mismo. Yo tan sólo acariciaba su pelo y lo besaba con diminutos besos de vez en cuando. Mientras estuve así mi mirada se quedó roma y recordé el momento en que mi abuelo me habló sobre el destino. Yo no pasaba los ocho años de edad y había descubierto, por curiosidad de niño, un libro guardado en uno de los cajones de su casa. El libro hablaba de un niño que vivía en un asteroide y que había caído a nuestro planeta en medio del desierto. Mi abuelo me hablaba maravillas de aquel libro y decía que la vida siempre nos sorprendía con cosas insospechadas, que el destino era inevitable y que las sorpresas de toparnos con gente maravillosa podía estar sobre un asteroide o sobre la misma Tierra. Hice de aquel libro uno de mis preferidos, aún de adulto.

Cuando mi mujer dejó de llorar abrimos una copa de vino y brindamos por el alma de su madrastra. Bebió lentamente un sorbo de Malbec y me dio un diminuto beso en los labios. Aún con sus ojos rojos por el llanto y sus facciones abatidas noté que a pesar del dolor el amor emana de un ser humano como raíces nuevas en plena primavera.

Miguel Aguilera (Literato)

Palabra: Destino

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